Estabas tan ciego que no supiste (o no quisiste) ver que aunque eras lo peor, yo te quería y te miraba como si fueses lo mejor.
Estabas tan sordo que no escuchaste las voces que te pedían (a veces llorando, otras gritando, y muy seguido suplicando) que cambies.
Estabas tan mudo, que no dejaste salir esas frases que sentías.
Estabas tan falto de tacto, que nunca prestaste atención a los puntos que tocabas.
Estabas tan lleno, que nunca supiste lo que era estar vacío.
Y es que no te faltaba nada... O mas bien, te faltaba todo.
Los dos te queriamos tanto, tanto, tanto que nunca fuiste capaz de querer ver lo que hiciste mal.
A los dos nos importaba tanto tu bien estar...
Hasta ayer.
Como nunca antes te atreviste,
pediste perdón, lloraste.
Pegaste y empujaste,
como de costumbre.
No dejé que me ganes esta vez; no otra vez.
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